Análisis

La crisis tridimensional de Europa, la visión del ex Primer Ministro británico, Gordon Brown

En la búsqueda de una respuesta simple y unidimensional –austeridad y, si eso fracasa, más austeridad– a lo que es una crisis tridimensional , los líderes europeos no logran captar las fuerzas históricas profundas que hoy están reformulando su rol en el mundo. Porque sin una acción complementaria tanto para reestructurar nuestro sector financiero que sirva al conjunto de la economía como para reactivar el crecimiento, no habrá recorte del gasto público ni rigidez fiscal que alcance para evitar una década perdida de alto desempleo y declive de largo plazo .

El apoyo con liquidez por parte del Banco Central Europeo (BCE) goza de respaldo, pero constituye un paliativo temporario. Ya en 2012 una nueva oleada de desapalancamiento de bancos está liquidando grandes cantidades de empresas y empleos y está privando al mundo de la financiación que hace que el comercio siga circulando.

Ahora, al menos, hay un incipiente reconocimiento de que Europa enfrenta algo más que una caída de corto plazo . Lo que estamos presenciando es una gigantesca reestructuración mundial y la economía europea, en vías de estancamiento, se encuentra en la transición que va de una economía del siglo XX dominada por Occidente a un mundo liderado por Asia. Hubo un tiempo en que el aporte de Europa a la producción mundial era del 40%; hoy no llega al 20%. En una década –si no hacemos nada– caerá a un poco más de la mitad, al 11%.

Estamos, de hecho, en el filo de grandes procesos históricos que trasladan la inversión productiva y el comercio desde el continente de la primera revolución industrial hacia la creciente Asia. Y todavía resta saber si Europa enfrentará una declinación absoluta –y no sólo relativa– y si la crisis actual no está escribiendo su propio penúltimo capítulo en una historia que se llamará “la declinación de Occidente”.

Una estrategia de crecimiento a través de una reforma radical de nuestra competitividad habría sido – y aún es– el mejor modo que tiene Europa de enfrentar y llegar a dominar este peligro, porque sin tal cambio, Europa se volverá tan marginal al crecimiento internacional que a comienzos de la década de 2020, Asia consumirá el 40% de los bienes y servicios del planeta. Alemania consumirá sólo el 4%, y Francia, Gran Bretaña e Italia, apenas el 3%.

Pero el fuerte desapalancamiento bancario que está en marcha también está indicando que el modelo bancario de Europa hoy es obsoleto, inapropiado para este nuevo mundo, inútil hoy para una agenda de crecimiento. Si queremos sobrevivir, tendremos que dejar atrás esas entidades financieras muy apalancadas que dependían del mercado de financiación y gozaron, por un tiempo, de la tasa de interés común de la zona euro.

A partir de 2008, cuando los bancos estadounidenses y británicos se recapitalizaron y se deshicieron de sus activos “podridos”, las entidades bancarias de Europa siempre estuvieron en dificultades. Algunas de ellas tenían obligaciones 30 veces superiores a su capital. De hecho, los bancos europeos hicieron menos de la mitad de la recapitalización y mucho menos de la mitad de los pases a pérdida que sus pares anglosajones. Hoy muchos bancos europeos tendrán que ser comprados y reestructurados sobre la base de un nuevo modelo con niveles mucho más reducidos de deuda y más dependencia de los depósitos y las acciones.

Pero el camino que los líderes están eligiendo ignora estos errores fundamentales y Europa ha descendido a lo que Jürgen Habermas denominó una política “posdemocrática”. Quizás, con el tiempo, surjan propuestas de una elección directa de la Comisión Europea (CE) y del presidente del Consejo. Pero en los últimos meses, los países grandes alentaron la postura de dejar de lado a los líderes democráticos de Italia y Grecia, y la CE fue relegada en favor de acuerdos presidenciales o cancilleriles entre Alemania y Francia.

Ahora que Alemania cedió a las demandas francesas de integración política a cambio de la aquiescencia de Francia a la austeridad fiscal, una combinación letal de liberalismo económico alemán y estatismo francés domina Europa. Pero si con esta política el crecimiento se mantiene bajo o inexistente durante años, el desempleo aumentará , sobre todo el de los jóvenes, lo que provocará un descontento social generalizado, y los déficits tampoco bajarán pronto.

Sin embargo, esta Europa de bajo crecimiento aún tiene que encontrar la manera de financiar los déficits de los gobiernos y las obligaciones de los bancos –posiblemente un total de 5 billones de euros en préstamos-– e incluso hoy, tras meses de discusiones, la cuestión de quién los garantiza y quién se hace cargo de la financiación en el nivel necesario –si el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF), el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), y el Banco Central Europeo (BCE), y si con o sin el Fondo Monetario Internacional– sigue sin resolverse.

Este debería haber sido el momento en que Gran Bretaña, frente a la nueva crisis, ayudase a guiar a Europa hacia una respuesta económica basada en el crecimiento que mirase más hacia afuera, nunca negando la necesidad de consolidación fiscal, sino garantizando que no amenace el crecimiento.

Una constante en los siglos de nuestra relación difícil con Europa continental ha sido la determinación de Gran Bretaña de que nunca, por ningún lapso, debería permitirse que Francia y Alemania controlasen , por sí solas, el destino de Europa. Y en épocas normales creímos que estar en el corazón de Europa es una precondición esencial de nuestro rol en el mundo.

Hay quienes dicen hoy, en 2012, que los destinos de Francia y Alemania están tan ligados que insistirán en conducir a Europa y evitar que Gran Bretaña tenga influencia. Esto no es, en general, lo que yo encontré, incluso cuando me rehusé, después de una fuerte presión, a adherir al euro.

En los últimos años, aun fuera del euro, Gran Bretaña trabajó con Alemania para suavizar la demanda francesa de una “Europa núcleo” y hemos trabajado con Francia para atemperar lo peor de la economía de depresión alemana. Pero como los políticos británicos hoy son incapaces de abogar por cualquier cosa que lleve el adjetivo “europeo” detrás, y porque hoy nos regodeamos en el aislamiento, hemos resignado nuestro papel natural en Europa y hoy hay muchas menos voces que abogan por una estrategia de crecimiento de la UE con una orientación internacional común y en contra del proteccionismo y la insularidad.

Los líderes de las principales instituciones internacionales, en su llamado a la acción, han sostenido que se puede y se debe acordar un plan de crecimiento mundial coordinado. Quieren que levantemos un nuevo cortafuegos para prevenir el contagio, sostener la financiación del comercio como en el 2009 y apoyar el nuevo crecimiento que puede venir de las tecnologías “verdes”. Y una precondición para su visión de un mundo que se une es una Europa que finalmente hace frente a las tres dimensiones de su crisis.

Fuente: IECO

29/01/12
Grupo Costa

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